Nada mejor para empezar el blog que un fragmento de mi segundo libro… “Autocoaching para despertar” (Ed.LID),

Me llamo Pedro Amador, y nací con una inteligencia privilegiada, que me ha permitido realizar algunos proyectos fuera de lo normal. A la temprana edad de 9 años ya programaba un lenguaje de ordenadores, llamado Basic, y con sólo 12 años tecleaba mis primeras rutinas en ensamblador, un lenguaje que aprenden los licenciados en la carrera a los 20 años. Devoraba todo lo que pasaba por mi mano, ya que, con una facilidad aplastante, era capaz de resolver problemas de programación sin apenas conocer las matemáticas. Realizar una rutina, que simule un reloj analógico sin comprender el concepto trigonométrico del seno o del coseno, no es algo que, desde mi perspectiva actual, considere sencillo. En cambio, para mí resultaban juegos de fácil acceso.

Mis trabajos fueron en aumento, y a los 12 años ya realicé mi primer videojuego, La Corona, que se publicaría en el mercado. Con ayuda de mis padres firmé un contrato que incluía hasta los habituales impuestos, sin que pudiera entender muy bien el sentido de la Hacienda Pública. Con 16 años ya operaba en bolsa, a la vez que había ganado un concurso de juegos de aventuras para el Spectrum, donde todos los participantes contaban con más de 25 o 35 años. Era evidente que estaba preparado para cosas increíbles.

Cuando llegué a la universidad fue un camino de rosas. Muchas asignaturas ya me las sabía, pues las había estudiado en la infancia. Aunque para complicar todo un poco, trabajaba a la vez que estudiaba. Recuerdo que, en el último trimestre del curso, mantenía tres trabajos a la vez, además de las asignaturas en sí, y mi madre casi me vio desvanecerme una vez. Pero seguía ilusionado y eso me hacía responder a la perfección. El querer llegar más lejos, de lo normal, empezó a marcar mi forma de trabajar.

Pero es verdad que se tiende a la reflexión cuando hay un periodo de transición en nuestras vidas. Al acabar la universidad mi camino, en el crecimiento personal, era bien claro: ansiaba un puesto de responsabilidad que sin duda me hubiera costado muchas horas de esfuerzo, para luego relajarme un poco, y formar una familia. Mi yo futuro no pasó de largo esos detalles.

Comencé a trabajar muy joven, a los 16 años, montando ordenadores y manteniendo el área informática de varias pequeñas empresas. Era el típico listillo que sabía de todo y dejaba todos los ordenadores y periféricos en perfecto estado. A los 22 años, con la carrera de ingeniero superior acabada, llegó mi primer trabajo a tiempo completo, momento en el que las empresas se peleaban por gente con mi titulación. Como me parecía poco, estudiaba a la vez cursos de doctorado avanzados para tener mi cabeza aún más ocupada.

Después de dos años de trabajo analicé varias opciones y consideré importante ir al extranjero para potenciar mi inglés. Me cargué de valor y partí a Holanda con el coche cargado de libros. En parte, estaba mostrando una buena arrogancia por todo lo que sabía y controlaba dentro del mundo de las empresas que diseñaban programas informáticos. Pero, afortunadamente, como el inglés no me resultaba fácil, en Holanda se bajó mi insolencia al fallar mi comunicación. Cuanto más duro era el entorno, más habilidades interpersonales desarrollaba para conseguir resolver todas las dificultades de un modo eficaz. Viví situaciones rocambolescas por medio mundo, que me hicieron aprender a resolver problemas en tiempo real y de una forma rauda y eficaz.

Después de casi dos años volví a España, donde comprobé cómo mi experiencia en el extranjero me había hecho subir varios peldaños. El hablar inglés con soltura me daba un aura de grandeza, que usé de forma efectiva para transmitir la mucha experiencia que había acumulado. Regresé para trabajar como especialista de Business Intelligence y rápidamente me tocó entender la complejidad de algunas grandes empresas.

Continué viajando por el mundo, donde, en unos diez años, hice más de 500 vuelos a lo largo y ancho del planeta, y visité más de treinta países. El ocio también ocupaba una parte importante de mi vida y empecé a conocer otras culturas y a interesarme por distintas formas de pensar. Una de mis mayores pasiones era la de organizar fiestas en mi casa del centro de Madrid, que siempre contaban con sorpresas para las más de 70 personas que solían asistir.

Como no entendía los entresijos funcionales de los negocios, (como me repetía una y otra vez mi jefe) empecé un MBA en una de las escuelas más prestigiosas del mundo. Dicho y hecho, tras un año y medio completito de formación, en el que fui el más joven de la promoción, mis retos aumentaron más, y mi ego llegó a dispararse a velocidades supersónicas. A eso había que sumarle que mi posición laboral iba creciendo y, como no sabía decir que no a nada, llegué a soportar una carga laboral inaudita.

Trabajaba unas 14 horas al día, durante seis días a la semana, sin lograr ningún equilibro entre mi vida personal y la profesional. No tenía límites y, francamente, no creí que los hubiera. Cada día era capaz de entender el mundo en todos sus aspectos: político, social, económico; y cada vez quería cambiarlo más. Necesitaba aportar mi grano de arena y pensaba que se podía cambiar el mundo sin problemas, aunque esa simplificación del problema me hacía estrellarme en la pared una y otra vez. Mi ira comenzó a crecer. Después de algunos procesos de evaluación 360º, en donde se comprende cómo te ven los demás, entendí lo importante que es conocer lo que piensan los demás de ti. Una lectura equivocada de esta realidad me hizo dejar a un lado mis valores, cobrando sólo importancia lo que los demás opinaran de mí.

(continúa en la siguiente página)

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Acerca de 

Considerado un pionero en comunicación y crecimiento personal y profesional. Colabora numerosas veces en TV, radio o prensa y ha desarrollado la innovadora aplicación de la felicidad miGPSVital, basada en la Metodología Autocoaching. Autor de cuatro libros de crecimiento personal y decenas de artículos.

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