Hace unos años llegó a nuestro vocabulario la palabra “networking”. No es que el diccionario de la RAE la acepte, porque nuestro rico castellano diría “red de contactos”, pero no había forma de evitar escuchar la palabrita en cualquier reunión de negocios: “tenemos un increíble networking formado por miles de contactos”, “seguro que si potencias tu networking encontrarás trabajo sin problemas”, “no dejes de confiar en nuestro networking para solventar cualquier problema que te puedas encontrar”. De repente, quien no tenía una agenda de contactos con más de mil personas, parecía que no había salido nunca de casa.

Como buen obsesivo compulsivo, llevé la palabreja hasta sus máximas consecuencias, y empecé a acumular y acumular muchos contactos que no sabía muy bien para qué servían, pero siempre pensaba que les encontraría utilidad. En la mayoría de los casos pude unir a mucha gente y así darles muchas alegrías. Pero lo que se dice a mí… me temo que poquitas. No sólo eso, empecé a descubrir que al final te juntas con un montón de personas que sólo saben contarte sus problemas una y otra vez. Y venga a contar problemas. Y más problemas. Y su vida es un desastre y tienes que entenderles y apoyarles porque son unos desgraciados. Es lo que siempre defino como relaciones tóxicas.

Uno, que se toma todo con una gran sonrisa, a todo le pone la buena cara. Estas personas tóxicas son profesionales y siempre te recuerdan todo lo malo que te puede ocurrir. Son expertos en decirte que todo habría sido mejor si hubieras hecho esto, lo otro, y es más, que obviamente a ellos, nunca les pasa. Nunca paran de criticar una y otra vez en los demás todo lo que a ellos les pasa, pero que no son capaces nunca de verse en sí mismos.

Muchas veces se escucha a estas personas tóxicas porque son mayores, o simplemente alguno de nuestros jefes, y pensamos que saben lo que dicen. Lo hacemos sin pensar. Pero cuando de verdad se para uno a pensar las cosas… ¡menudas tonterías que se pueden oir! Todavía recuerdo un canta-mañanas (singing-morning en spanglish) que me decía que tenía que aprender a comunicar bien, y me indicaba que siempre le parecía a mucha gente muy arrogante. Al principio, y atendiendo a su posición, me obsesioné un poco en pensar que me expresaba con inmadurez. Hasta que meses después, cuando le tocó una comunicación bien sencilla, comprobé que mandaba un burofax sin ni siquiera llamar por teléfono. Es decir, que lo de predicar con el ejemplo se lo dejaba en casa, y por intentar obedecerle sin pensar, no supe entender que cuando me llamaba arrogante, significaba simplemente que me llamaba “seguro”. Entendí que la ignorancia no entiende de edades ni jerarquías.

Así que no vale eso de juntarse con cualquiera. Rodéate siempre de gente que te sepa saludar con cariño, gente que te pueda apoyar tanto en lo bueno como en lo malo, en definitiva, gente sana. No te obsesiones en mantener el contacto con todo el mundo, porque a la larga, te puedes dar cuenta de que estas rodeado de gilipollas, como dice la imagen del comienzo de este blog.

Comienza haciendo buenos vínculos, y para ello, te sugiero que nos acompañes el próximo 10 y 11 de noviembre en las Jornadas de Coaching en Santiago de Compostela (http://www.xornadascoaching.es/), con gente saludable. Yo estaré el primer día, y será un placer regalarte una gran sonrisa. ¿Te apuntas?

 

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