Nuestra mente es la mejor gasolina para nuestro cuerpo. Puede generar energía de forma continua, que sin caer en excesos, nos impulsa a conseguir todo aquello que nos hayamos marcado. Pero nuestra lógica está educada en unos curiosos límites que muchas veces no son nuestros, son los del contexto socio-educativo.

En los últimos dos días he podido impartir 15 horas de formación a más de un centenar de profesores de la Universidad de Oviedo, sin parar de moverme, sin parar de hablar, sin parar de involucrar a la audiencia. Cualquier persona pensaría que es una hazaña, y que eso destroza al cuerpo humano. Bueno, es curioso, porque yo también pienso que correr un maratón, me destrozaría por completo, pero muchos corredores lo realizan sin problemas.

Es complicado evaluar ciertas cosas desde la racionalidad, sin entender bien la pasión que nos mueve por conseguir nuestros sueños. Para cualquier cambio, se requiere una motivación para iniciarlo, y un compromiso para mantenerlo. Sin esos ingredientes, cualquier cosa puede parecer una locura. La motivación debe estar alineada con el sentido de nuestra vida (o nuestros sueños), y el compromiso debe re-generarse a cada segundo para servir de placebo a nuestro cuerpo.

Placebo (o efecto placebo), una palabra que siempre me maravilló y que daba por ridícula hasta que la pude comprobar en mi propio cuerpo. Según la RAE: “sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción”.  Siempre pensé que el placebo era alguna tontería de los cuentos infantiles y que mi cerebro racional no acababa de entender el sentido. Pero todo llega con la práctica.

He compartido algunas veces que tuve un grave accidente hace casi ocho años, donde se rompió el fémur por la mitad. Para que se imaginen lo que dolía, les recuerdo que es el hueso más grande del cuerpo. Para paliar un poco ese dolor, me pinchaban Nolotil (un relajante muy fuerte) cada ocho horas. Hasta aquí, sería una rotura bastante grave pero algo habitual.

Pues bien, en el accidente sufrí también un grave politraumatismo en la cabeza con un golpe que dañó neuronalmente parte de mi cerebro. Mi proceso del sueño se dañó gravemente y me despertaba cada dos horas. Seguro que alguna mujer que haya pasado por un embarazo y haya dado lactancia a un bebé, sabe lo duro que es estar cada dos, tres o cuatro horas despertándose para dar el pecho. Bien, durante tres meses, me despertaba siempre cada dos horas, a veces incluso no conseguía ni dormir una hora seguida.

Lo peor es que la pierna dolía mucho, y se me hacía complicado volver a dormirme de nuevo. Esas semanas en el hospital parecían la antesala al infierno, sin duda. Aunque no hubieran pasado las ocho horas necesarias para la próxima dosis, llamaba desesperado a la enfermera para que me pinchara y así calmar el dolor. Muchas veces venían y me pinchaban varias veces durante la noche, saltándose el protocolo de inyectar sólo cada ocho horas. Era inmediato, me pinchaban, y con una dulce sonrisa, caía dormido.

Descubrí que había dos tipos de enfermeras. Unas que hacían su trabajo de maravilla, porque llegaban, pinchaban sin dolor, y se iban. Otras en cambio, pinchaban haciéndome un daño terrible, y siempre me sentía un auténtico bombardeo en mi trasero. Pero todas, fuera como fuera, me calmaban el dolor y me permitían dormir con tranquilidad. Por cierto, aprovecho para agradecer públicamente a las enfermeras, que considero que realizan un trabajo maravilloso, y sin duda, me supieron aguantar en uno de mis peores momentos.

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Mi madre, que no entiende esas cosas tan caóticas, preguntó bien pronto cómo era posible que me pudieran pinchar tanto en intervalos de tiempo tan cortos. Vamos, que a lo mejor me pinchaban 3 dosis en tal sólo 8 horas, en vez de una sola. La respuesta era bien sencilla: “señora, su hijo es tan quejica que para callarle le pinchamos cada dos horas agua con suero, y cada ocho, el Nolotil como toca”. Mi madre entendió la jugada y me la explicaría meses después: “hijo, en cuanto te pinchaba la enfermera, fuera suero con agua o el medicamento, sonreías y te volvías a quedar plácidamente dormido”.

Con eso entendí por qué había unas enfermeras que pinchaban a la perfección (sólo pinchaban agua), y otras tan mal. Vamos, que todas pinchaban muy bien, y cuidaban de mí a la perfección, pero mi mente, esa preciosa cabecita, siempre se convencía de la buena cura.

El placebo es la mejor medicina que se ha inventado. Si la sabemos usarla sin abusos, podemos conseguir nuestros sueños sin dificultad alguna. Mejor dicho, conseguir cosas que siempre habríamos dicho que son racionalmente imposibles. Por eso, sientan la pasión de sus sueños… ¡y todo será posible! La mente tiene un poder increíble y debemos aprender a gestioanarlo.

 

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El placebo es la mejor medicina que se ha inventado. Si la sabemos usarla sin abusos, podemos conseguir nuestros sueños sin dificultad alguna.
Pedro Amador
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