Algunas personas critican a los que tenemos el valor de denunciar los abusos (ver aquí el último de la Mayor Asociación de coaches del mundo), que no tenemos miedo a las represalias y que anteponemos la honestidad a cualquier delirio de grandeza. Los que además creemos en un mundo mejor, más justo, más libre, y donde las falsedades son descubiertas rápidamente.

El que viene a corregirme las formas es porque ni se lee lo que pongo, porque cada crítica que expongo conlleva horas y horas de trabajo, siempre argumentadas con la mayor profesionalidad y respeto. El que critica el contenido pensando que todo es relativo es porque seguro que nunca ha perdido un hijo por una injusticia, nunca ha visto su vida en peligro por una negligencia médica, o nunca han cometido un delito en su persona lo suficientemente importante.

Es cierto que cuando hay que realizar un juicio hay un cierto valor de subjetividad que no se puede olvidar. Pero no es menos cierto que no se debe perder el sentido común bajo ningún concepto. Por ejemplo, el juez que supuestamente “me juzgó” hace unos años en el siniestro que sufrí en Valencia no puede argumentar pericia de una persona que me atropelló y del que indica “en el desarrollo del siniestro se evidencia la pericia del conductor” cuando no tenía ni el carné de conducir pertinente. Eso es un error garrafal, un juicio sin sentido que no tiene validez alguna, por más que lo diga un juez. Tenemos que tener la coherencia que ninguna persona, tenga el cargo que tenga, está libre de equivocarse. Baste el ejemplo del Rey de España, que pidió perdón hace pocos meses.

Todo sea dicho, a mí no me hace ni gracia perder el tiempo en estas cosas. Algunas personas piensan que es así, y que debo tener algún tipo de patología. Lo cierto es que si luchar por las injusticias es una patología, debo estar muy enfermo. Pero de mi punto de vista, la indiferencia que está permitiendo este mundo cada vez más caótico, es mayor enfermedad, pues es un cáncer de valores que puede no sanar nunca.

Denunciar estos abusos debe ser una práctica común, al menos si queremos un mundo mejor para nuestros hijos. Al que piense que es mejor estar calladito, sólo le deseo que nunca se vea involucrado en un abuso… ¡porque aprenderá entonces aquello de que “no todo vale”!

 

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