11 septiembre de 2001

No hubo ninguna explosión que fuera mayor que ninguna otra conocida. Tampoco murieron tantas personas como mata el hambre el cada día. No hubo ninguna guerra que sorprenda a los libros de historia. Pero eso sí, aprendimos que el dinero y el poder no tienen límites. Aprendimos que la gente puede matar a los suyos. Aprendimos los demonios están delante de nuestras narices por más que nos resistamos a aceptarlo.

Hace un par de años compartí con unos compañeros en el desierto del Sáhara aprendizajes increíbles sobre el liderazgo. Entre ellos, estaba Àngel Castiñeira, uno de los mejores profesores de Esade que siempre he admirado y con el que he aprendido litros y litros de geopolítica. Discutimos sobre una frase bien sencilla… ¿el fin justifica los medios? ¿Debe un líder tener una ética rígida cuando se trata de salvar a la mayoría de la población? ¿Y si el objetivo es ético pero los pasos no lo son? Muchos compañeros indicaban que el fin nunca justifica los medios, pero un auténtico líder, sabe que eso no se sostiene.

El ejercicio para entenderlo es bien sencillo. Imagen una amenaza mundial con una epidemia mortal que sólo se conseguirá paliar al probar una nueva inyección casi siempre letal de las que existen miles de variantes y no se sabe cuál será es la que cura. Se tienen sólo unas horas, y se pueden matar a miles de personas en las pruebas, pero se tiene que conseguir saber cuál es la correcta para luego salvar a la humanidad. Muchos personas supondrían que algunos voluntarios darían su vida, pero supongan que no, ¿quién será el líder que decidiría a quién sacrificar por el bien de los demás? La ética rígida dejaría que todo el mundo muriera, ya que no se puede permitir quitar ninguna vida sin consentimiento. Pero un líder que asuma riesgos, que sea fiel a sus valores, que sepa escuchar, que genere confianza, tendría el valor de decidir con o sin consenso las personas que morirían en el experimento. Sin remordimientos.

Antes también creía que los grandes políticos y reyes jamás tomarían decisiones que fueran contra nuestra sociedad. Iluso de mí, apostaba poner mi mano en el fuego y al comienzo pensaba que sí que había armas de destrucción masiva en Irak, porque alguien de la altura del Presidente de los Estados Unidos lo había confirmado. No lo indicaba como un mero ejercicio de probabilidades, lo afirmaba con la rotundidad que nos llevó a volar por los aires un país como Irak y a matar a miles de personas. Me incluyo porque no lo pudimos parar.

Los acontecimientos pasados demostraron que nos habían mentido. Algunas películas lo recrean muy bien, y por ejemplo recomiendo “Poder que Mata” (Fair Game) con Sean Penn, porque sorprende cómo juegan con la vida de los agentes especiales. Aquella película, que recuerdo la vi para hacer tiempo en A Coruña antes de presentar mi segundo libro en la FNAC, me dejó frío. Si la ética fallaba en el que se supone es el líder del país más poderoso del mundo, ¿qué nos espera de los demás? Digo se supone, porque cada que pasa pienso que estos políticos no son más que marionetas.

NADA, no nos cabe esperar nada. Por eso, cuando he podido observar los estudios del 11-S, e incluso del 11-M, en vez de aportar pruebas que demuestren la veracidad de lo que supuestamente indicó el gobierno, se las guardan para mejor vida (ver aquí algunas ideas en el aire). Como ingeniero no me creo que tres edificios se caigan a esa velocidad; no me creo que el Ejército de los Estados Unidos dejara pasearse a cuatro aviones de pasajeros; no me creo que supieran capturar tan rápidamente a todos los malos pero que no hubieran sabido detectar lo que iba a pasar; no me creo que más de 300 bomberos no supieran que los edificios tenían riesgo de caerse; no me creo que sólo hubiera un malísimo video que mostrara a una cosa que ni se ve estrellarse con el Pentágono; que quitaran todos los escombros a la velocidad del rayo y no investigaran el motivo de que todo se hiciera polvo; no me creo un montón de cosas.

Pero de algo sí estoy seguro: me mintieron con la invasión de Irak, y ahora sé que no les tiembla el pulso al mentir. Mucha gente siempre dice la misma tontería… ¡pero no es lo mismo! Con Irak mataron fuera de su casa y con el 11-S mataron a su gente. Incrédulos, porque en Irak también morían sus militares. Al final, el objetivo es siempre el mismo… tener el poder del dinero. Supongo que piensan que es más importante mantener el mercado armamentístico activo aunque sea sacrificando algunas vidas, y para ello, hay que crear guerras.

Nos lo creamos o no, saben crear guerras. Son especialistas.

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Acerca de 

Considerado un pionero en comunicación y crecimiento personal y profesional. Colabora numerosas veces en TV, radio o prensa y ha desarrollado la innovadora aplicación de la felicidad miGPSVital, basada en la Metodología Autocoaching. Autor de cuatro libros de crecimiento personal y decenas de artículos.

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