Me tomé el pulso en la muñeca, porque sentía que quizás ya no circulaba más la sangre. Al ponerme la mano en el corazón sentía un maldito pinchazo. Supongo que asociamos mucho el amor al corazón, y por eso nos parece que se nos encoje cuando echamos de menos a alguien. Quizás sea una sencilla asociación mental. O quizás no.

Entonces miraba a mí alrededor. Lo cierto es que todo seguía donde tenía que estar. Las sillas servían para sentarse, las mesas reposaban cosas, y los cuadros adornaban las paredes. Pero nada era igual. Nada tenía ya vida. Nada parecía importar.

“Si no vuelves no habrá vida, no sé lo que haré”, escucha mientras por mis oídos. Pero tampoco parecían las palabras significar nada, porque en mi retina sólo se reflejaba su última sonrisa, su última caricia, y su dulce mirada de niña pequeña acariciando mis ojos.

Ojalá no la hubiera conocido nunca. Ojalá nunca se hubiera cruzado en mi camino de nuevo. Ojalá nunca me hubiera recordado que existen los cuentos de príncipes y princesas. Porque así sería todo más sencillo. Así podría entender mejor el sentido de mi vida. Así podría saber que mañana me quiero despertar.

Ella nunca lo sabrá… quizás no tenga ni idea de lo que hay en mi corazón. O quizás sí…

 

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