No había luz y ni falta que hacía. No había comida y ni falta que hacía. Tampoco me dio la sensación de que estuviera respirando, porque la verdad es que ni me di cuenta de que hiciera falta. Pero había paz, armonía, tranquilidad, respeto, amor, entendimiento, y mil cosas más que nos tiramos todo el día persiguiendo pero que no sabemos valorar cuando las tenemos. Todo era sencillo, y el mundo seguía funcionando sin importarme lo más mínimo la prima de riesgo que tuviera cualquier país del mundo.

Al principio no reconocía a nadie a mí alrededor, pero me sentía más acompañado que nunca. No me estaba solo, y creía que siempre tendría alguien a mi lado a quien pedir ayuda. Pronto reconocí a mi padre, que había fallecido sólo dos años antes, y me transmitía tranquilidad. Empecé a mirar el mundo terrenal con otros ojos, con la sensación de haberme quitado un peso de encima. Mis pensamientos estaban llenos de ideas positivas, y los miedos se habían quedado en el pasado.

No me costó entender que había fallecido y que mi cuerpo físico había sido destrozado por una motocicleta. No tenía frío, y cerré los ojos un minuto. Imaginé una playa soleada, donde me respiraba la brisa del mar, y disfrutaba del agua en mis pies. Sentía que el mundo se había parado a mí alrededor, y miraba al cielo a miles de kilómetros de cualquier desgracia. Era el paraíso, en el que me sentía sin problema alguno a mí alrededor. Lo mejor de lo mejor.

¿Y qué? Decidí volver. Prefiero estar vivo, y sentirme con la capacidad de solucionar las cosas malas que me puedan ocurrir. Es cuando verdaderamente aprendo, y crezco como persona. Lo contrario es pensar que hemos nacido para mirar todo el día al mar sin que pase nada. Me niego, ya estuve muerto una vez, y hasta que me vuelva a pasar, seguiré trabajando por un mundo mejor. ¿Me acompañas, o prefieres aburrirte en la isla todo el día?