¿Ya habéis descubierto quién es nuestra secreta viajera? Pillareta nos ilustra con un país que no tengo ocasión de conocer pero que desde estas líneas (e increíbles fotos) podrás comprobar la maravillosa riqueza que ofrece… ¡todo un lujo de felicidad!


 

Viajar es fantástico, apasionante, estimulante…aunque para alimentar bien un alma viajera recomiendo descubrir África del Sur. Más allá del vecino norte africano, y saltando la zona central con actuales conflictos bélicos- lamentablemente ignorados desde Occidente- te espera un rincón del planeta asombroso. Y muchos de los espectaculares escenarios de la historia del Rey León.

Tanzania, unión de Tanganica (zona continental del país) y Zanzíbar (la isla) tiene su capital en Dar-es-Salaam, que carece de especial atractivo en cuanto a patrimonio pero engancha por ese denominador común que tienen las capitales del África austral. Merece la pena dedicarles al menos un día, y curiosear, con actitud flexible y sin pensar de dónde venimos y qué esperamos ver. Como dicen ellos T.I.A: “This is Africa!” Pasea sin más y observa la vida, llega hasta la costa, come en alguna tasca africana, charla con los críos que se te acerquen, aprovecha la luz del día pues la ausencia de luces de noche da un toque inhóspito al deambular por la calle.

Cuando vi Memorias de África no imaginaba que años después fuera a visitar similares escenarios de sabana y naturaleza, con una fauna en estado puro y un pueblo tan afectuoso. De mi primera incursión al fondo de África regresé muy encariñada y con ganas de volver (puedes leer mi experiencia como cooperante en Zambia en este blog Pilareta in Africa). Y la experiencia safari había de repetirla. Una opción es ir a Mikumi al sur del país. Tiene la ventaja de ser una zona extensísima de sabana con escaso tráfico de jeeps- repletos de turistas hambrientos de fotos. La sensación de sentirte solo allí cohabitando con animales es probablemente más real que la que se tenga en el transitado Serengueti. Pero la desventaja que tiene -si se me permite considerarlo como tal– es que los animales están muchos más dispersos y en ocasiones pasará mucho tiempo (minutos, horas) hasta toparse con alguna manada de animales. Con un poco de paciencia, tiempo y mucha emoción ¡al final se logran ver todos! cebras, elefantes, ñus, jirafas, hipopótamos, búfalos, babuinos, impalas,… Experiencia no exenta de moscas tse-tsé que se cuelan en el jeep, o de subidas de adrenalina al cruzarte con elefantas que caminen con sus crías- momento en el que se vuelven muy agresivas al creerse amenazadas por la presencia ajena.

Se considera que el safari tiene su coronación al encontrarse con un leopardo, pues es ágil como ninguno escondiéndose y no se prodigan demasiado. Pero a mí me cautivó el león, animal guapo donde los haya. Su título real hace honor a su carismática presencia.

Un momento típicamente mágico es el atardecer africano en un horizonte apacible y silencioso. O sentarte a cenar junto a una hoguera en mitad de la sabana y con un telescopio observar las estrellas. O que un servicial masai- empleado en el perímetro de las tiendas de campaña -te guíe por la noche hacia la tuya con una lanza y un olfato y oído sobrehumano. Caer tan extenuado en la cama que ni los ruidos de animalitos -o animales- te desvelen. Dormir con la sonrisa puesta pensando que ha sido un día genial.

Como alternativa al jeep y a su conducción temeraria -pinchazos incluidos- está el autobús local. Sin olvidar que, del tiempo estimado por trayecto, hay que añadir 3-4 horas más por “imprevistos”. Pero no resulta monótono, pues los vendedores ambulantes amenizan y sufragan potenciales necesidades: peines, plátanos, chicles, tomates, naranjas. Se venden desde la ventana del autobús. El tanzano es bastante generoso por lo que si tienes sentado a tu lado a alguno muy probablemente te ofrezca la fruta que compre y espera que la aceptes.

Arusha, a las faldas del Kilimanjaro, te ofrece posibilidades de trekking en la montaña más internacional de África. Doy fe de la genética privilegiada de los paisanos y no es de extrañar que un hombre de 50 años con un cuerpo de 25 te guíe por la montaña.

Ngorongoro, una gran reserva natural con un cráter en cuyos alrededores habitan muchos animales, es otro must para los amantes de la aventura. En esta zona limítrofe con Kenia se puede acceder a algunas bomas (poblados) y ver en primera persona como viven los masai, entrar a sus chozas, ver el ritual de sus folclóricos saltos, y al mismo tiempo dejarse observar por ellos. Inenarrable.

Pero no todo ha de ser sólo aventura y exploración, hay que dejar espacio también al relax. ¡Embárcate en un vuelo local rumbo a Zanzíbar! El aeropuerto puede resultar algo cómico por su austeridad y tamaño. La única puerta de embarque es la propia pista con butacas para pasajeros, y tú mismo conducirás tu maleta -no de mano- a bordo. Un avión de apenas 15 plazas con tripulación incluida… ¡No apto para cardiacos!

Zanzíbar te recordará que aún existen paraísos, y que son más reales de lo que pensamos. Su capital Stonetown hechiza por su combinación colonial y árabe, con el antiguo mercado de esclavos o el mercado de las especias. Hay simpáticos rastafaris en la plaza Forodhani gardens, donde cada noche hay un mercado de puestos con marisco y pescado a la parrilla, riquísimo, siempre que sepas elegirlo bien fresco.

En la isla observé un trato ventajoso, sin pedirlo, a los blancos, por el mero hecho de serlo. Puedes entrar a bañarte gratis a la piscina de un hotel privado que no desconfiarán ni pensarán que no eres un huésped. Por otra parte al viajar en ferry, la tarifa que pagan los blancos es distinta -sin elegirla- pues les ponen en una zona vip reservada sólo a blancos, aunque éstos no completen el aforo, nadie más puede estar. No me sentí cómoda en esta situación. Respecto a los ferrys, es vital escoger siempre el ferry rápido cuyo coste es más caro. El “otro” a veces se hunde, causando siniestros de vidas que nunca son noticia en Occidente.

El paraíso es fácil de encontrar en la isla. El mío se llamó Jambiani, al sureste, una pacífica y solitaria playa de arena blanca, aguas cristalinas, y horizonte turquesa,… Prácticamente estás solo en la playa salvo por la simpática y escalonada presencia de falsos masais vendiéndote alhajas, o niñas que acuden a recoger coquinas que sus madres puedan cocinar después, o pequeños que dibujan sobre la arena fina con sólo una cuchara pero más felices que nadie,…No obstante con marea baja el nivel del agua en esta zona del Indico puede retroceder hasta medio kilómetro de la orilla. No te extrañes si al día siguiente cuando vuelves a la playa ves que el agua quedó lejos en el horizonte, dejando al descubierto plantaciones de algas… ¡El mar aparece y desaparece!

Para el occidental, posiblemente la elección más difícil del día sea la comida fresca que quiere almorzar. En ocasiones después le traerán un plato distinto al que pidió. Pero ante cualquier situación imprevista, te dirán en buen swahili ¡hakuna matata! O sea, ¡No hay problema!

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Acerca de 

Nuestra intrépida amiga @Pillareta no ha parado de hacer lo que más le gusta en esta vida (viajar) desde aproximadamente las dos últimas décadas. Motu proprio, por diversión, por curiosidad, por voluntariado, por trabajo,…. Cualquiera de estas razones le han llevado y llevan a ir de un lado a otro, sintiéndose feliz y sacando el máximo provecho emocional a cada viaje. Su maleta (no le gusta usar el manido término “mochilero”) ha estado ya en más de 40 países. Se considera toda una afortunada por ello. Accede aquí a su sección.

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