Me encanta poder explicar el mundo desde una perspectiva racional. Durante algunos años trabajé como especialista en Business Intelligence (Inteligencia de Negocio Empresarial), y entendía que, en las empresas, todo lo que no se midiera, no se podría mejorar. Había que medir las cosas a lo largo del tiempo, para así poder hacer después planes de mejora y establecer métricas objetivo con los nuevos resultados que se quisieran conseguir tras optimizar los procesos. Por ejemplo, había que medir cuánto stock quedaba disponible en el almacén, cuántas horas había estado una máquina encendida, o cuántas bajas laborales se había sufrido en último mes. Una vez medida, realizaríamos planes de acción que hicieran reducir el stock, optimizar el tiempo de máquina, o disminuir el número de bajas.

Podría estar páginas y páginas hablando sobre los tipos de indicadores, las dimensiones que se utilizan para analizarlos, o sus atributos más complejos. Siempre me he sentido cómodo al medir cada cosa, y sabiendo que se podían mejorar poco a poco, con esmero y precisión. Pero un día intenté medir las relaciones, e incluso peor… intenté medir el amor. Me han llamado loco muchas veces, con la sencilla excusa de que es imposible medir cualquier cosa intangible.

¡Pero a mí me encanta medir! ¡Yo necesito medir las cosas! Compartía muchas veces con mis personas más queridas, mientras que planteaba algunas de las preguntas que me hicieron desarrollar toda la metodología para evaluar relaciones. Siempre me miraban con cariño, con una sonrisa entre los dientes que indicaba que si alguien lo podía hacer, ese sería yo, pero que no veían forma alguna de conseguirlo. Cuando hace varios años también quise hacer una taxonomía de los gustos, y desarrollé el coaching de la variedad (apoyado por un buen equipo), también me decían que los gustos eran infinitos y que no se podían listar. Pero se hizo (con más de 260.000 gustos incluidos).

Cuando intenté entender por qué la gente no había encontrado la forma de medir las relaciones, comprendí que se estaban esforzando en buscar un sistema de referencia común. Un sistema que sirviera para todo el mundo, de la misma forma que nos vale decir que esto mide un metro o que pesa un kilogramo. A fin de cuentas, son unidades que tienen un patrón en un museo y que todo el mundo puede ir a contrastar.

Pero seamos prácticos, ¿quién no ha medido la longitud de alguna pared de una casa dando unas zancadas porque se había olvidado el metro? Contamos unos pocos metros mediante zancadas, y más o menos atinamos a tener una distancia que luego utilizaremos en la tienda para comprar el mueble que encaje en la casa. No es exacto, pero nos vale. Es nuestro método.

¿Podríamos tomar una medida de las relaciones que no fuera exacta pero que nos valiera? Sin duda. Es sencillo. A cualquier a quién pregunte, ¿quieres más a tu pareja o a una silla?, sin duda, espero, respondería a su pareja. Estamos comparando el amor de una persona y de un objeto material. La cosa cambia si se pregunta, ¿pero quieres más a tu hijo o tu madre?, la respuesta suele ser el hijo. Algo más complicado resulta preguntar entre dos amigos, o dos hermanos, pero cuando se responde con sinceridad, siempre hay alguna preferencia. Nos guste o no aceptarlo, al comparar, nuestra mente está midiendo.

Para obtener respuestas de esta índole, hacen falta hacer preguntas muy extremas. Pones a los familiares en un avión que se va a estrellar, y con una limitación de paracaídas, se debe ir decidiendo en qué orden habrá que ir salvándolos. Mucha gente no responderá, porque lo considera un ejercicio malvado y diabólico. Pero no olvidemos, es sólo un ejercicio.

En las empresas se hacen escenarios y se plantean descontinuaciones de productos, cierre de fábricas, o despidos numerosos. Se hacen ejercicios que tienen un claro matiz malvado, pero que son entendibles desde una perspectiva de mejora global del sistema, es decir, de la empresa. Se analizan el mayor número de variables (margen de beneficios, rendimientos, costes,…) para así hacer de la decisión algo objetiva y válida. Pero también se equivocan… pero no por ello dejan de seguir midiendo y de intentar mejorar.

Para analizar las relaciones también podemos tomar sistemas parecidos. No es necesario decir, veo que ahora te quiero siente coma dos, y que hace un mes estaba mejor contigo, un ocho y medio. Sería absurdo. Pero no hay que avergonzase por decir algo como, este mes siento que hay cosas que me están llevando a quererte menos, espero poder descubrirlas para que mejore nuestro cariño. Habremos comparado y sentido, que nuestro amor era mayor el mes anterior.

¿Cómo medimos o comparamos? Bien, tomaremos algunos principios básicos, y luego aplicaremos un conjunto de variables que podremos usar como mejor convengamos. Para empezar es importante entender que cada persona puede utilizar la misma metodología, pero llegar a mediciones distintas. Si pensamos en las zancadas que damos en la pared, veremos que algunos dan más pasos que otros. Por tanto, nuestra forma de medir es personal.

Como muestra el diccionario, medir es comparar una cantidad con su respectiva unidad, con el fin de averiguar cuántas veces la segunda está contenida en la primera. Así que pensemos, ¿cuál será nuestra unidad?, es decir, nuestro patrón base… seguiremos trabajando la idea. 😀

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Acerca de 

Considerado un pionero en comunicación y crecimiento personal y profesional. Colabora numerosas veces en TV, radio o prensa y ha desarrollado la innovadora aplicación de la felicidad miGPSVital, basada en la Metodología Autocoaching. Autor de cuatro libros de crecimiento personal y decenas de artículos.

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