Desde pequeñito me apasionaron los números y los pude ejercitar desde el primer ordenador que cayó en mis manos (fue un ZX-81). Podías incluir un montón de comandos y generabas programas que hacían justo lo que tenían que hacer. Y cuando no lo hacían, sabías que te habías equivocado, porque el ordenador siempre hacía lo mismo. Pensaba que era un poco tonto, pero ahí radicaba su encanto… ¡en que siempre hacía lo que tenía que hacer!

Evidentemente acabé estudiando ciencias exactas, con una carrera de ingeniero informático, perfectamente alineada con mi cerebro cuadriculado (actitud que a los psicólogos y psiquiatras les encanta denominar obsesivo compulsivo, y que yo prefiero llamar como poner atención a los detalles). Me encantaba estudiar las verdades absolutas que muestran las ciencias exactas, que tenían siempre dos formas de demostrar una teoría:

  • Para saber si era falsa, bastaba con encontrar un contra-ejemplo. Con sólo uno podías derrumbar la hipótesis inicial. Si me decían que al aplicar un freno el coche giraba siempre de la misma forma, bastaba cambiar el contexto (poniendo aceite por ejemplo), y aquello ya hacía cambiar la forma en la que estaba formulando la sentencia para quitar el siempre.
  • Para saber si era cierta, tenía que demostrarla para todos los casos, lo que habitualmente se hacía sólo en matemáticas y lógica, y con mucho esfuerzo. Tuve oportunidad de recibir una asignatura de doctorado en matemáticas y me sorprendí como los grandes matemáticos se obligan a demostrar las cosas incluso en el infinito.

Pedro Amador - Experto felicidad
Tras varios años de carrera, salí al mundo a comprobar cómo habitualmente se maltrata el lenguaje. Las ciencias sociales, que se amparan casi siempre en la estadística, analizan a una muestra (habitualmente una muestra de una población) y generan afirmaciones contundentes que siempre me sorprendieron. Ayer analicé una en mi blog, cuando hablaba “del hombre más feliz del mundo” (ver aquí), porque siendo exactos y precisos, para saber si es el hombre más feliz del mundo habría que:

  • O bien buscar a uno que sea más feliz que él (un contra-ejemplo), que me temo que conozco algunos casos.
  •  O bien haber medido a todos (sin excepción) los hombres y mujeres del mundo y concluir que es él.

Pero para ser un poco más precisos, y evitar caer en tonterías, es más interesante incluso darse cuenta de que cuando hablamos de medir, sólo se puede hacer objetivamente cuando existen medidas universales (como el litro, el kilo, el metro, etc.), ya que de otra forma, la medición no es absoluta. Si de verdad se quiere cuidar el lenguaje no se puede llegar a conclusiones de “el más feliz”, “el más enamorado”, o “el más ilusionado”, pues estaríamos faltando a nuestra comunicación y al sentido común más elemental. Siempre es posible mencionar “un hombre muy feliz”, o “qué hombre más feliz”, o incluso “este hombre es mucho más feliz que la media”.

(continúa en la siguiente página)

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Acerca de 

Considerado un pionero en comunicación y crecimiento personal y profesional. Colabora numerosas veces en TV, radio o prensa y ha desarrollado la innovadora aplicación de la felicidad miGPSVital, basada en la Metodología Autocoaching. Autor de cuatro libros de crecimiento personal y decenas de artículos.

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