Pillareta nos ilustra con un país que no tengo ocasión de conocer pero que desde estas líneas podrás comprobar la maravillosa riqueza que ofrece… ¡todo un lujo de felicidad!


Bolivia bien puede considerarse el corazón de Sudamérica por su localización en el altiplano andino, y también por la destacable idiosincrasia de sus habitantes.

Si llegas desde Perú cruzando el Lago Titicaca hasta la península de Copacabana, te encontrarás con la Basílica de la virgen que lleva dicho nombre – copiado por Brasil- donde al salir puedes que seas testigo del “bautizo” del coche de algún vecino. Una experiencia en la que los curas y sus feligreses esparcen flores y alcohol sobre la carrocería ¡tan felices!

La isla del Sol, casi pegada a la península, está considerada un lugar sagrado donde el dios Viracocha creó a la humanidad después del gran diluvio. Se puede visitar rápidamente en un agitado trayecto por lancha. Me empapé más de historia precolombina (de quechuas y aimaras) en esa rápida excursión que durante el resto de mi estancia, de la mano de un excelente guía turístico.

Para viajar hacia la Paz desde Copacabana el atajo es cruzar en coche dentro de una barcaza por el estrecho que separa San Pablo y San Pedro de Tiquina- dentro del lago Titicaca, lago que merece un capítulo aparte. El viaje parece arriesgado por la inestabilidad del transporte por lo que se recomienda no moverse mucho dentro del vehículo.

La Paz se presenta como la capital más alta del mundo. Una ciudad con una topografía muy irregular y luminosa. Las mujeres van uniformadas con faldones, capas y trenzas, y lucen un perpetuo borsalino (curiosa la combinación de su outfit). Una creencia apunta a los judíos como precursores de este sombrero en el altiplano, importados de Europa con la finalidad de vendérselos a la aristocracia, aunque no gustaron demasiado y democratizaron su uso para el pueblo más llano.

De noche la capital de Bolivia es una ciudad muy fría para caminar demasiado tiempo así que mejor tomar un taxi para llegar al paseo del Prado, centro neurálgico de La Paz. Buena ocasión para conocer a los bolivianos y sobre todo que ellos también sepan un poco más de “el resto”. Me sorprendió un taxista muy dado a la charla, algo nada extraño en este gremio universal, que se enorgullecía de su país y de los cambios políticos de los últimos años. Pero al mismo tiempo mostraba mucho interés por saber más de sus pasajeros. Nos preguntaba insistentemente y no cesó hasta lograr saber cuánto dinero se puede gastar un europeo en cruzar el charco y veranear en su Bolivia. Evadí la respuesta pero su empeño finalmente consiguió arrancarme la confesión. Su semblante cambió. Balbuceando repetía para sí mismo la cifra que le dije, para acabar concluyendo “eso es más de lo que gano yo en todo un año”. No supe muy bien qué responderle. A veces la sinceridad no es la opción más diplomática, aunque sirva para abrir los ojos a una parte del mundo que desconoce cómo funciona otra parte del mundo. Pero supongo que tampoco se puede vivir en la ignorancia.

Viajar en un autobús local es otra experiencia para conocer la realidad boliviana, donde todo es posible: oriundos con fardos a la espalda, vendedoras de manís y hamburguesas, revisores cabreados con parroquianos, mendigos que aprovechan las paradas del trayecto para pedir su limosna, predicadores que suben a bordo para hablar de Dios, pero también de la nutrición y las bondades de los productos que venden,… ¡los autobuses son espacios polivalentes!

También viajé en tren, desde Oruro. De este pueblo me llamó la atención el mercadillo al aire libre donde entre miles de mercaderías venden también pequeños animales disecados (normalmente llamas o alpacas) que se usan como sacrificio para saciar a la Madre Tierra o Pachamama, prueba del sincretismo que se practica en Bolivia.

La culminación del viaje fue llegar al Salar de Uyuni, el mayor desierto de sal del mundo. Me cuesta describir exactamente la sensación que me produjo estar allí. Fue excepcional, mirar a alrededor y ver ¡¡¡tan solo!!! una superficie blanca apenas modificada por las huellas de algún todo terreno, y al fondo la cordillera de los Andes. Algo así como sentirse el rey del universo. Jugar al freesbes en mitad del desierto y subir a la Isla Incahuasi (que en quechua significa Casa del inca) llena de cactus para divisar el horizonte es lo mejor que podemos hacer. Eso, o… ¡comer las deliciosas salteñas del país!

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Acerca de 

Nuestra intrépida amiga @Pillareta no ha parado de hacer lo que más le gusta en esta vida (viajar) desde aproximadamente las dos últimas décadas. Motu proprio, por diversión, por curiosidad, por voluntariado, por trabajo,…. Cualquiera de estas razones le han llevado y llevan a ir de un lado a otro, sintiéndose feliz y sacando el máximo provecho emocional a cada viaje. Su maleta (no le gusta usar el manido término “mochilero”) ha estado ya en más de 40 países. Se considera toda una afortunada por ello. Accede aquí a su sección.

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