Es una de las cosas que más cuesta en la vida, porque además nos han vendido que decir una mentirijilla piadosa es un mal menor. El problema radica en que nadie tiene el mismo concepto de mentirijilla piadosa, y por si fuera poco, muchas personas no están sanas de cabeza y se engañan a sí mismas en demasiadas ocasiones.
Decir la verdad implica reconocer las debilidades de cada uno. Implica reconocer los errores, los fracasos, los malos momentos por los que se pasa. Implica reconocer que no se es perfecto y que nos faltaba algo de preparación o experiencia.
Decir la verdad tiene la mayor de las recompensas en crecimiento personal y profesional: la confianza que generas en los demás. La gente se fía de lo que dices y compartes, por más que muchas veces les cueste aceptarlo. La otra realidad es que muchas personas nunca se han propuesto decir la verdad y por extensión piensan que el mundo les engaña.
Aprender a decir la verdad implicaría aceptar la mala formulación de paradigmas establecidos hace siglos que sólo sirven para cacatúas sin sentido. Les voy a poner algunos ejemplos:
- Hay que conseguir una pareja para toda la vida: todo el mundo sabe que la esperanza de vida se alarga y la gente con el tiempo tiende a cambiar.
- Los políticos se preocupan por el ciudadano: es realidad se preocupan más por sus intereses personales que por el bien de la sociedad. Igual que los políticos, muchos dirigentes de empresas y organizaciones. Ejemplos sobran.
- Mi favorita, la justicia existe. La vida ya me ha enseñado que la justicia no es igual para todo el mundo, por más que nos cueste aceptarlo.
Decir la verdad te puede costar mucho dinero, multitud de problemas, y que mucha gente te retire de sus vidas. Pero os voy a compartir el mayor tesoro que me está aportando a mí en los últimos años: estar sano. ¡Decir la verdad te llena de energía sanadora!
Subscríbete al blog y gracias por compartirlo – (Contenido bajo COPYLEFT).









Pingback: ¿Te disfrazas sólo por carnaval?